Por Manuel Tiberio Bermúdez //
Cuando la ciudad nos arrincona debido al agite cotidiano o nos ensordece con el sonar de pitos y gritos desaforados que pregonan mercancías inútiles, o nos arrastra en ese vértigo de locura que es el tráfico citadino, anhelamos un refugio apacible en donde descansar de ese maremágnum de carreras, voces y estridencia que es la ciudad.
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